La Casa Europa

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Ponència sobre Precarietat Laboral de EUiA, a l'Universitat d'estiu del Partit de l'Esquerra Europea

Voy a tratar de exponerles nuestra visión de la situación actual, del trabajo y sus condiciones, en Cataluña y en España, desde la percepción de Esquerra Unida i Alternativa, miembro del Partido de la Izquierda Europea y también del Gobierno autónomo de Cataluña en la alianza de izquierdas, con los socialistas y la izquierda nacionalista.
Pienso que hace falta primero una afirmación central, algo ya visto, a menudo obviado pero demasiado notable para no ser manifestado:
¿Es posible todavía una Sanidad pública y democrática, con igualdad, equidad de servicios y una atención sanitaria profesional y universal para toda la sociedad, en un estado capitalista?
No. La respuesta es un no rotundo. Es una ilusión publicitaria de los medios de comunicación, que la realidad social y sanitaria denuncian a cada hora y por todas partes de Europa, donde, en cada barrio, ciudad y nación, las diferencias de clase, la distancia entre las libertades de un, cada día más pequeño grupo de élites, y la mayoría de la población, aumenta día tras día.

Aún en el seno de cada grupo las circunstancias económicas y sociológicas tienen una influencia decisiva, para bien o para mal, sobre el desarrollo individual, tanto como las condiciones de género o de edad. Es la clase social, la libertad, siempre inherente a la autonomía y la independencia económica, a la seguridad en el futuro del trabajo, la cuestión principal a debate sobre los derechos fundamentales para todos los ciudadanos. No hay un problema de incompatibilidad entra vida familiar y el trabajo para los patronos y patronas, pero sí siempre para los asalariad@s.

No hay contratos temporales, por debajo de los salarios mínimos y con jornadas en condiciones de esclavitud, sin ningún control de seguridad, para los altos empresarios y profesionales de dirección, tampoco para los hijos e hijas de la burguesía. Ninguna exigencia de acreditaciones académicas para los señores sin estudios, pero en cambio exageradas para los asalariados - pagadas después con salarios no proporcionales.
Igual sucede con los conocimientos casi ilimitados exigidos en la calificación profesional de los trabajadores en competencia. Tenemos ministros y diputados - de toda condición sexual- muy expertos en exclusividades, glamour y delicadezas.

Pero es exclusivamente entre las clases trabajadoras donde se observa una diferenciación en las condiciones de trabajo y salario, proporcionalmente más grave en relación a la identidad nacional y la cultura de origen. Entre los que llegan a Europa no hay ninguna comparación entre el que viene con su Visa y sus cinco estrellas o el que llega en barca, o escondido bajo un camión. Señor turista, o miserable inmigrado.

Para los que nos llegan a España desde Inglaterra o Alemania y que compran ciudades enteras, que hablan siempre y por todas partes su lengua con desprecio de la vernácula, desde las Islas Baleares hasta Albacete, no hay problemas en las fronteras. Y los problemas con la especulación inmobiliaria y las gentes del lugar, que no tienen estos salarios para pagar su casa, no existen en Bruselas, en Estrasburgo o en Luxemburgo. Es el mercado, las leyes del mercado dicen: su mercado. El suyo no el nuestro. Hay que crear otro mercado, otra banca, partiendo de lo que en Francia es el Estatismo: el socialismo de estado.

Así pues, no se puede hablar de la salud o del trabajo sin hacer ante todo una diferencia de clase. Es el trabajador quien sufre el estrés y la angustia que nacen del miedo, de la falta de seguridad en el trabajo, del futuro "flexible" de su economía penosa. En cambio las economías "del mercado", la economía de los amigos de Sarkozy, Berlusconi, Merkel, y de todas las demás monarquías europeas, es el paraíso fantasma de Lichtenstein y sus primos del Vaticano, las islas Caimán, Israel, Mónaco, Luxemburgo, Andorra, o la banca suiza... Y los fantasmas no tienen jaquecas.

Pienso que tenemos en EUiA un buen conocedor de la cuestión sanitaria, ya sea como médico, o como dirigente político, con una visión verdaderamente global del problema y las soluciones. Participó en Viena en mayo, en el grupo de trabajo sobre Salud del PEI (EL), y puede ser que le hayais escuchado o leído: es mi camarada Antoni Barbará.

Conozco bien, como periodista, su larga e intensa experiencia en la lucha ecológica, en nuestra ciudad, la más contaminada de Europa, Badalona, a las afueras de Barcelona, hace ya 30 años, y donde fue elegido concejal. Conocemos bien todas las dificultades que hubo que superar en un sistema clientelista y corrupto, resultado de la dictadura franquista. Y todavía hoy, ante de la ofensiva para privatizar la Sanidad Pública, él ha propuesto en nuestro ámbito respuestas claras, democráticas y colectivas a todas estas cuestiones.

EUiA, como ya saben, forma parte del gobierno de Cataluña, donde desarrolla un programa de control de todo los aspectos de la salud, entre los cuales ustedes pueden encontrar algunos informes del doctor Barbará en Viena, en nuestro dossier que tienen a su disposición.

Mi opinión, cuando hablamos sobre Sanidad Pública, es la que tenemos entre las izquierdas y los comunistas en Cataluña: la conciencia de las limitaciones del modelo capitalista y la necesidad de cambiarlo, más allá de una posición permanentemente reivindicativa, para una transformación auténtica, de abajo arriba, hasta la corona del problema, es decir, la batalla contra las grandes corporaciones farmacéuticas y las grandes empresas de seguros y sanitarias privadas: las transnacionales de la salud y de la biotecnología.

La alternativa socialista de Sanidad Pública dispone de un modelo, un referente, suficientemente conocido y con los reconocimientos más altos de eficiencia técnica y económica, pero sobre todo social: Cuba.

Las clases inmigrantes

No tiene las mismas posibilidades de integración un inmigrante legal de la CEE que aquel otro subsahariano o de Asia Central. Los universitarios que nos llegan de África o de América latina para trabajar en Europa no tienen los mismos problemas que sus compatriotas pobres y llamados, además, "sin papeles", lo que significa: "sin identidad humana". Estamos hablando aquí de enfermedad, de la necesidad de cambiar esta "sociedad enferma" y precaria.

Estas son, pues, las diferencias en la clase trabajadora que el fascismo y el capitalismo confrontan, para debilitar y restar fuerza a la lucha obrera y a las reivindicaciones sociales. Pero este médico o este ingeniero que dejan su país sin sus manos y su ciencia son también esclavos, como sus compatriotas iletrados.

La ilegalidad no es aceptable sobre el hombre o la mujer que quieren vivir sólamente y desarrollarse según el modelo de comodidad de sus patronos colonialistas y, en todo caso, son los patronos colonialistas quienes, después de robar las riquezas de su país, hacen esclavo todavía al emigrante que busca, en la metrópoli de los señores, la civilización, los derechos humanos de los que escuchó hablar, pero que jamás se vieron realizados sobre su persona, su familia, su país.

En España, conocemos bien la cara terrible del fascismo, y su herencia, con expresiones y personajes todavía en el poder y sin ningún castigo. Un ministro de la dictadura de Franco, llamado Fraga Iribarne, es todavía una figura política en activo en la Galicia que presidió mucho tiempo.

La precariedad es una enfermedad

Volviendo al trabajo asalariado, tenemos las estadísticas más lamentables de siniestralidad en el puesto de trabajo, de toda Europa: una media de cinco muertos al día en su trabajo, desde más de cuarenta años atrás. Nada cambia demasiado.

Tampoco en las carreteras secundarias, las libres de peaje, con una mortalidad pareja. Y hay que recordar que muchos de los accidentes de trabajo se producen in itinere, es decir, en el trayecto del trabajador a su lugar de trabajo. Todo junto, más de tres mil muertos en el puesto de trabajo cada año. Pero estas formas de verdadero terrorismo, practicadas por ciertos empresarios, y toda la corrupción a los niveles más altos, el fraude fiscal y el dinero negro, son normales en los gobiernos de los señores.

Lo que centra la preocupación de los señores es que los pueblos verdaderamente crean la bella historia sobre la libertad y las democracias parlamentarias, y que aspiren a vivir como ciudadanos de todo derecho, como sus señores. No posible, porque nuestra libertad sería el fin de sus privilegios, de "su" libertad, lo que significa nuestra miseria, nuestro estado precario, nuestra inflación, nuestra hipoteca, nuestra salud...

Los señores no tienen enfermedades profesionales, a menudo no reconocidas como tales por la Seguridad Social. Y en toda Europa se ve una agresión a los derechos de los trabajadores en la actuación de las Mutuas sanitarias privadas, siempre con el objetivo puesto en los beneficios económicos, siempre al servicio de los patronos, devolviendo a los enfermos a su trabajo porque su enfermedad "no es reconocida" por el médico de los señores.

Por todo, está claro que hay una solución universal al problema del hambre, de la educación, la marginación o la emigración, pero no está en un modelo de corrupción y caridad, de capitalismo salvaje y bienestar resignado, de grandes ricos y terrible pobreza, de neogilipollas, neoliberales, neosocialdemocratas y una pseudoizquierda incierta y divina iluminada por la neoescolástica ecologista.

El único modelo sostenible es el que está al servicio de los pueblos, los trabajadores y trabajadoras, con salarios dignos y estables, con capacidad de ahorro, de participación, con una participación anual en acciones de su empresa, proporcional a los beneficios, y un crecimiento salarial también proporcional a los beneficios. Hay que participar, mediante la representación sindical, en las decisiones de los consejos de administración, que son parte del conjunto de la empresa, y no solamente de los capitalistas.

Las pensiones y los salarios no son, jamás, origen o causa de la inflación, porque regresan y revierten en todos los mercados del país, armoniosamente. Es el consumo que hace mover la economía.

Y los salarios y los beneficios, como las pensiones de los jubilados, salen de la misma fuerza productiva, juntos, pero no son redistribuidos con justicia democrática entre sus productores. La diferencia entre los salarios de los ejecutivos y el resto de la empresa no es tolerable, es amoral, contraria a la justicia, contraria a la humanidad y contraria al mismo sentido de la vida, pues niega desde la cuna la posibilidad al desarrollo individual. La verdadera solución a los problemas del capitalismo es el socialismo y el comunismo, compañeros.

El capitalismo ve la salud sólo como un mercado productivo de beneficios, no como un derecho a sostener. Hablan, en fin, del "mercado de la salud" y administran sus empresas de salud como cualquier otro sector comercial. La salud privada intenta encontrar salidas individuales a los problemas de cada uno, pero no permite un tratamiento global y, sine qua, no. La Sanidad Pública es coherente y posible sólo en un sistema público de salud, en una sociedad socializada, socialista.

Y, para acabar, una última afirmación, ya evidente en este momento: el estado precario en el trabajo genera toda una serie larga de precariedades, y vivir en estado precario quiere decir vivir enfermo. Estado precario y salud son conceptos antagónicos. Hay que escoger: o precariedad o salud.

Puede ser que haga falta, como 40 años atrás, aquí en París, buscar la playa bajo el negro asfalto de la calle...

Salud, fuerza y alegría para tod@s y muchas gracias.
Carles Acózar Gómez
11 de julio de 2008.


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