La Casa Europa

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Paraisos e infiernos, esos lugares íntimos e ineludibles

La exnuera de Pinochet se suicida

María Verónica Molina Carrasco, exnuera del dictador chileno Augusto Pinochet, se quitó la vida mediante la ingestión de medicamentos, confirmaron hoy fuentes a Efe del Servicio Médico Legal (SML). El cadáver de la mujer, de 58 años, fue encontrado por una de sus nietas el pasado sábado en su casa de Santo Domingo, a unos 120 kilómetros al suroeste de Santiago de Chile. Molina, exesposa de Augusto Pinochet Hiriart, el hijo mayor del dictador (1973-1990), con quien tuvo cinco hijos, murió debido a una asfixia causada por una intoxicación de medicamentos, indicaron las fuentes del SML. La mujer se había separado de Pinochet Hiriart hace más de diez años. Uno de los hijos de la pareja, Augusto Pinochet Molina, fue expulsado del Ejército chileno tras pronunciar un belicoso discurso durante el funeral de su abuelo en diciembre de 2006. En medio de un total hermetismo de su familia, los restos de María Verónica Molina fueron velados el fin de semana en Santo Domingo para ser trasladados este lunes al cementerio Católico de Santiago, donde está prevista su incineración.

No es muy sabido que la palabra paraíso que, como tantas cosas, usurpó la secta católica de otras filosofías antiguas, proviene del persa y significa "buena conciencia". Y está claro que a los curas no les interesa que se sepa, pues esa vivencia entre las podredumbres terrenales de la secta imperial no compensaría a nadie que no creyera que eso le será premiado en algún futuro pluscuamperfecto.

Pero es así, como bien saben psicólogos, psiquiatras y demás seguidores del conocimiento apolíneo. Y una buena prueba me la dieron dos casos extremos de personas "normales" que conocí, ambos camioneros internacionales, uno belga y otro español. Ambos habían sido mercenarios, soldados a sueldo que no preguntaban por qué ni vacilaban en matar, violar, saquear o incendiar, sin respeto a normas, éticas, políticas, convenciones ni humanidad alguna: sin testigos para explicarlo.

Ambos, que no se conocían, tenían una cosa más en común: No podían dormir. Y si dormían se despertaban angustiados en medio de pesadillas que a nadie deben haber explicado. Gracias a las pastillas reposaban, aparte de cambiar los tacómetros y falsearlos recorriendo sin parpadear líneas de asfalto negro como sus recuerdos.

Y es que la idiotez de la ambición ciega las luces de la bondad y la verdad, como justa compensación de la naturaleza sabia. Así, los criminales -y hablo sobre todo de quienes generan con la injusticia de los pueblos el crimen aunque ellos nunca claven la navaja, que para eso tienen mercenarios- nunca sabrán realmente lo que se siente cuando se vive en paz con la conciencia del bien, la buena obra, el buen pensamiento y la justicia. Ni podrán ver el mundo tal como es, sino siempre distorsionado a través de sus paranoias y prejuicios, sin llegar a entender jamás aquella historia cierta y explicada en caravanserais, zocos y bazares sobre el hombre feliz, que ni siquiera tenía una camisa.




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