La Casa Europa

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Entre animales y personas


Cuando menda tenía 13 añitos y sufría el tercer curso de bachillerato nos pusieron como tema de redacción nuestro futuro y, como no podía ser de otra manera, en lógica consecuencia con el título de Presidente honorario infantil de la Protectora de Animales de Badalona, mi exposición consistió en la identificación personal con un novillo de Miura y su tradicional sacrificio para goce de salvajes neolíticos: Un jodido futuro, oiga.

Paralelamente -ya apuntaba el Coco sindicalista, digo yo- llevaba la cuestión, en página y media, al predecible futuro del novillo con el de cualquier obrero -e hijo de obrero- cuyas penurias y esclavitud aparecían en su porvenir tan límpidamente evidentes como gris era el panorama nazionalcatólico local… o del Miura.

El hermano Juan, marista, que solía ponerme una media de notable y se casó y dejó la hermandad para ser padre de verdad, me entregó la redacción y en vez de nota ponía: "No es el tema". Ante mi protesta airada -para variar- me miró y -entre divertido y serio- me repitió la frase: "No es el tema". ¡Anda que no!, le dije yo, entre murmullos más soeces.

Yo no sabía entonces que era presidente honorario de nada, pero actuaba en consecuencia con mi profunda experiencia de poseedor de un gato negro que dormía conmigo, se sentaba sobre mis piernas cuando comía, estudiaba o escuchaba taxikey -lo único inteligente de la radio de curas y falangistas-, sobrevivió a la nevada aquella (¿del 65?) y se llamaba Minus, como el dios protector de los niños en Egipto. Y era más listo que la mitad del barrio.

Aparte de por la tele, sólo había visto en directo dos o tres charlotadas de San Juan, en la que en una por poco se trasiega el toro a un torero payaso. Y no fueron más divertidas ni entretenidas ni placenteras que un tochazo de partido Badalona - Ocata, con más o menos la misma sangre animal circulando por la arena y el campo de piedras del F.C. Bad-alone… Mal rollo y aburrido además.

La auténtica presidenta de la Protectora era la señora Teresa Ventura, que finó tiempo ha para pena de todos los animales civilizados. Por lo oído sobre mis recogidas de gatos abandonados, su ubicación en lugar secreto de los pisos de la caixa, en colaboración con la tropa infantil vecinal, y búsqueda de adopciones entre las vecinas de tierno corazón progatuno, me tituló presidente honorario de la fauna Protectora de congéneres aunque tengan mucho pelo y caminen a cuatro patas.

Un día -era amiga de la familia y vecina de mi abuela, con su también soltera hermana-, presentóse con el carnet y el título -que por desgracia no guardo con el primer carnet de CNT -antes de que se la cepillaran- y el posterior de CCOO, que no era de plástico y se mojaba.

Ello me hizo recrudecer mi combate, hasta que los maullidos de la manada adoptada pusieron en alerta y cabreo los vecinos adyacentes. Un portero, de los cinco del bloque que accedían al patio donde ocultaba los gatos dentro de una barraca, hecha con restos de bancos que la caixa colocó en la inauguración y que nos cargamos saltando sobre ellos y haciendo barricadas en las batallas de ganchos de cortina entre mayores y bajitos (no habían videojuegos)-, se encaramó al lugar oculto y nos robó algunos gatos, los que pudo agarrar: Assassí!

La venganza, la mía, fue terrible.

Para encaramarse al terrado en cuestión, que cubría el perennemente roto motor de la fuente que debía ornar el patio comunitario de las más de 200 viviendas del bloque, había que asirse a los ornamentos laterales o llevarse una escalera. Nosotros nos agarrábamos y, por tanto, y porque no había casi sitio para poner la escalera, me dediqué a poner un bote lleno de agua en equilibrio sobre un palo, a su vez ubicado en el único lugar donde uno se podía agarrar para superar el borde final de la terraza y acceder a ella.

A la vez, me entretuve en poner espinas de rosal -de la vecina del otro lado de la terraza que se encaramaba más de cinco metros por la verja... el rosal-, en vertical sobre el borde, junto con piedrecitas y barro que patinaran lo más posible.

No vi el resultado del segundo viaje del portero contra mis colegas gatos, pero me lo contaron los que lo gozaron. La hostia fue memorable, aunque sobrevivió a ella, pobre animal, con sólo el orgullo pateado y sin más ganas de volver a intentarlo. Mis gatos fueron desapareciendo de manera natural, realojados y con mejor perspectiva de futuro que los hitos Miuras.

Porque éste es el tema: Nuestro futuro como animales… o como personas.



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